Esteban Sesso, heredero de la dinastía musical del Circo Sarrasani, dirige una agrupación que funciona como una «familia ensamblada». A través de la disciplina del metal y el viento, el proyecto busca reparar los vínculos dañados por la precariedad moderna, proponiendo la escucha mutua como una resistencia frente al aislamiento.
Por German Carbajales/ Especial para El Ciudadano
Esteban Sesso, heredero de la dinastía musical del Circo Sarrasani, dirige una agrupación que funciona como una «familia ensamblada». A través de la disciplina del metal y el viento, el proyecto busca reparar los vínculos dañados por la precariedad moderna, proponiendo la escucha mutua como una resistencia frente al aislamiento. En esta entrevista el músico cuenta parte de su trabajo y su historia
— Esteban, usted carga con un legado histórico inmenso. ¿Cómo se entrelaza la historia del majestuoso circo alemán Sarrasani con la formación de esta agrupación actual?
—Es un entrelazamiento de supervivencia y arte. Mi historia familiar está tatuada en ese circo: mi bisabuelo llegó a Argentina en 1932 con la troupe de Trude Sarrasani y su esposo, Gábor Némedy (el histórico jefe de pista), y él fue el director de la orquesta en ese primer momento, mientras mi abuelo tocaba el tambor. Luego, mi abuelo tomó la batuta, convirtiéndose en el director y compositor de la marcha original de Sarrasani —que dio la vuelta al mundo varias veces— y de todo el repertorio. Yo heredé esas partituras originales, desgastadas por el tiempo y el viaje. Fundar esta banda no fue solo un acto nostálgico, fue una necesidad de darle un nuevo propósito a esa música.
— Hablando de propósito, citando la filosofía de La strada de Fellini, se menciona que todo en la vida tiene un propósito, hasta la piedra más pequeña. ¿Cuál es el propósito de la Banda Sarrasani en la Rosario de hoy?
—El propósito es darles un lugar a los jóvenes. En la película, Gelsomina busca desesperadamente su lugar en el mundo. Hoy, la «cruda calle» es la precariedad laboral y la falta de horizontes para la juventud. La música de Sarrasani, con toda su intensidad de metales y vientos, actúa como esa «piedra» felliniana: un anclaje. Es un espacio donde el desamparo se transforma en comunidad.
— Es interesante ese contraste. Fellini retrata la brutalidad de Zampanò frente a la inocencia de Gelsomina. ¿Cómo se gestionan estas tensiones en la banda?
— La banda es un espejo de esa dinámica. Tenemos la exigencia técnica, la «fuerza bruta» necesaria para dominar los instrumentos —como Zampanò domina las cadenas—, pero debe convivir con la sensibilidad artística necesaria para interpretar partituras de circo. Mi rol como director es armonizar esa brutalidad técnica con la inocencia y pasión de los jóvenes músicos, evitando que la exigencia quiebre la comunicación entre nosotros.
— Usted ha mencionado anteriormente que la banda funciona como una «familia ensamblada». ¿Podría profundizar en este concepto comparativo con la familia disfuncional del circo de Fellini?
— La Strada nos muestra una familia itinerante unida por la necesidad, no por el afecto genuino, un tipo de comunicación quebrada muy común hoy en día debido al desgaste de la calidad de vida de quienes «traen el mango» a casa. La Familia Sarrasani busca invertir esa lógica. Tomamos la estructura del circo —convivencia forzada, viajes, trabajo marginal— pero la utilizamos para ensamblar una familia basada en la ejecución conjunta y la crianza colectiva de nuevas juventudes. Es transformar la disfunción en cohesión.
— Como instrumentista y compositor con trayectoria en teatro y el dúo cómico-musical con Salvador Trappani, ¿qué sello personal le imprime Esteban Sesso a esta dirección?
— Mi sello es la humanización del legado. No busco solo reproducir las partituras históricas, sino entender la emoción detrás de ellas. Como director, apunto a que la música no sea solo un espectáculo de galas o desfiles, sino un vehículo de sensibilización. Busco que, a través de la ejecución musical, estos jóvenes encuentren un sentido de identidad antes de que la rutina del mundo moderno los vuelva cínicos o distantes.
— Más allá de la música y la historia, hay un componente emocional profundo en la Familia Sarrasani. Llevando al límite la comparación con La Strada, donde la familia se quiebra por la brutalidad y la supervivencia, ¿qué significa para usted este proyecto en términos de sensibilización de los nuevos vínculos familiares?
— Significa reparar el daño. En La Strada, la incomunicación entre Zampanò y Gelsomina es total, un reflejo de cómo la dureza de la supervivencia—la «cruda calle»—nos aísla. Hoy en día, vemos un fenómeno similar: las exigencias laborales y el desgaste extremo de quienes «traen el mango» a casa están erosionando la calidad de vida y, por ende, quiebran la comunicación en la crianza de las nuevas juventudes. Los padres están tan agotados sobreviviendo que no tienen energía para conectar.
La Familia Sarrasani funciona como una contrafuerza. Es una «familia ensamblada» por la música donde la exigencia no es la brutalidad para romper cadenas, sino la disciplina para crear armonía juntos. Al poner a estos jóvenes a ejecutar estas partituras históricas, estamos obligándolos a escucharse, a mirarse, a depender del otro para que la música suene. Es un intento consciente de sensibilizar a esta juventud y a sus familias, creando un refugio de comunicación genuina frente a un mundo que los empuja al cinismo y al aislamiento.
