lunes, 9 marzo, 2026
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Lo que el río hace: un reencuentro perdurable donde cobra sentido la idea de quedarse donde el tiempo dure más

Miguel Passarini

“Fui al río y lo sentía cerca de mí, enfrente de mí. Las ramas tenían voces que no llegaban hasta mí. La corriente decía cosas que no entendía. Me angustiaba casi. Quería comprenderlo, sentir qué decía el cielo vago y pálido en él con sus primeras sílabas alargadas, pero no podía”, escribió el poeta entrerriano Juan L. Ortiz, acerca de esa experiencia inquietante, sonora y sensorial; un ruido de agua que despierta la memoria, el agua que corre mientras se toca fondo para volver a salir a la superficie.

Con Lo que el río hace, las hermanas María y Paula Marull, actrices, dramaturgas y directoras rosarinas radicadas hace muchos años en Buenos Aires, consagran una poética escénica que de tan propia y personal se vuelve universal, colectiva, un eco en la platea que, como ellas en escena, navega entre el misterio, la risa, la emoción y el reflejo en el espejo que ilumina los ojos y los corazones.

La multipremiada obra, que enfrenta en breve su quinta temporada porteña y que pasó viernes y sábado por el Teatro Municipal La Comedia de Rosario con tres funciones con entradas agotadas (ojalá vuelva pronto), como lo hace siempre el buen teatro, es la invitación a un viaje, esta vez a un territorio sensible que alguna vez esquivó el dolor que siempre, de forma irremediable, termina volviendo hasta que la cicatriz hace el resto del trabajo.

Lo pequeño, lo casi intangible, los detalles que hacen a un todo convierten a este material en una especie de clásico prematuro de la escena nacional, porque se trata de una propuesta que si bien parte del realismo naturalista heredado de grandes dramaturgos argentinos, tiene sus fugas hacia lugares de una profunda belleza. Pero se trata de una belleza inquietante que, como el agua del río, va del humor al dolor con recursos conocidos del teatro que incluso exceden a los fabulosos momentos de actuación que propone la obra, donde todo funciona a la perfección habiendo puesto muy a su favor una gran cantidad de funciones y el ajuste de un dispositivo que se vuelve muy orgánico a pesar de su complejidad y de mostrar en todo momento el artificio.

Más allá de tener a su cargo la dramaturgia, dirección y producción general, María y Paula Marull encabezan un elenco notable que completan los estupendos William Prociuk, Mónica Raiola (en su reemplazo, en las funciones locales, estuvo Silvina Katz), el desopilante Mariano Saborido y Débora Zanolli, con música original, puesta de sonido y voz en off de Antonio Tarragó Ros, diseño de iluminación de Adrián Grimozzi, vestuario de Jam Monti, diseño de escenografía de Gonzalo Córdoba Estévez, supervisión artística de dos grandes maestros (también maestros de ambas) Javier Daulte y Mauricio Kartun, de quienes parecieran conjugar una mixtura de sus poéticas, con fotos de Carlos Furman, producción ejecutiva de Luciana Becerra, prensa y difusión de Caro Alfonso y redes de Emilia Teperman.

Remontar la corriente

Amelia es una mujer de mediana edad que habita en el borde del abismo de una ciudad, Buenos Aires, que fagocita su tiempo y su deseo, mientras intenta escribir o bien recuperar esa saludable costumbre. En el medio, la muerte del padre y una posible herencia, la llevan de regreso por unas horas que se vuelven eternas a su Corrientes natal, donde el río ejerce su poder majestuoso mientras el tiempo se detiene, “dura más”, en esa inconmensurable, confusa y por pasajes dolorosa patria de la infancia donde el agua dulce es, también, una fuente de poesía e inspiración.

Es ese vacío desconcertante, devenido en parte de una historia real y personal de las creadoras en relación con la muerte de su padre, donde el contraste entre campo y ciudad, y más al hueso entre “civilización y barbarie” tantas veces retratado por el teatro y la literatura argentinos, asume un protagonismo transversal, donde el humor juega con la nostalgia y lo pueril; donde la belleza de lo simple asume desde un costumbrismo cercano un juego de espejos con los recursos del realismo mágico que se ve potenciado por la gemelidad de las protagonistas que, como nunca antes, ponen a disposición del espectador y de la acción dramática esa inusual condición.

María y Paula Marull llegan a Rosario con “Lo que el río hace”: un poderoso viaje en busca del tiempo perdido

En esos momentos en los que todo vuelve, hasta el amor perdido, hasta lo ausente, hasta los fracasos inevitables, hasta los despojos de un pasado de hastío pueblerino que por lo mismo que se lo ama se lo puede llegar a detestar hasta intentar resetear la memoria, un puñado de personajes delineados para representar los pro y los contra de ese mundo confrontan a Amelia con instancias no resueltas de ese pasado que ni siquiera recordaba, mientras se niega a caer en las aguas de un río que la invita finalmente a nuevo bautismo que se vuelve imprescindible.

De este modo, la trama poética de Lo que el río hace se vuelve universal y estalla en la platea gracias a una serie de ideas simples pero usadas con ingenio y desbordante sensibilidad, donde todo, entre más actuaciones, universo sonoro y lumínico, y dispositivo escénico, juegan muy a favor.

En términos dramáticos, el material plantea que tocar fondo puede resultar una opción cuando todo se abisma. En ese vaivén emocional en el que conviven las costumbres olvidadas con la Fiesta Nacional del Pacú, un concurso de pesca donde sortean una lancha o un reinado de antaño, se plantea un redescubrimiento de lo vivido, la matriz que pone en evidencia quién es ese personaje y quiénes los que habitan ese entorno que alguna vez fue el suyo.

Cuando ya queda claro que hay un motivo para volver a retomar ese viaje, el recorrido va de los hallazgos y las anécdotas al poder de las creencias, y de la convención a los monólogos a público con un chamamé de fondo, en una dinámica escénica nunca ajena a las sorpresas, donde el río llega para ocuparlo todo (pura magia), y donde la materia es el tiempo que funde el recorrido de cada personaje dejando un sabor aún más amargo que esa jarra de limonada que deja a todos “argelados” en lugar de refrescarlos.

Lo que el río hace, que trajo de regreso a la hermanas Marull a la ciudad que las vio nacer y donde por un par de noches de aplausos y ovaciones cumplieron con el viejo anhelo de ser profetas en su tierra, deja una serie de preguntas que interpelan y generan conmoción porque, como en un grotesco, por lo mismo que se ríe se llora, poniendo en evidencia que hay semanas enteras que se borran de la memoria y segundos que quedan guardados para siempre.

Mientras navega ese “tronco cansado que se lleva el río”, acaso la metáfora más concluyente de la partida del padre que tan bien pinta en una canción para la obra el notable Antonio Tarragó Ros, aparecen como grandes interrogantes qué es lo que vale en realidad del pasado vivido, de los recuerdos; qué queda en cada uno de ese que alguna vez fue y cómo la negación sólo logra poner el pasado en un cono de sombra que de un momento para otra una luz incandescente lo ilumina de tal modo que nunca más podrá ocultarse.

Frente a la visión de Lo que el río hace, un reencuentro perdurable donde cobra sentido la idea de quedarse donde el tiempo dure más, se repiensan la muerte de los seres más queridos, los duelos necesarios y sobre todo la verdad irrefutable y poderosa que acerca el buen teatro, porque claramente la mentira, hoy más que nunca, está en otros lugares.

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