El historiador Yuval Harari, en su libro Nexus (Debate, 2024), señala que el diseño de algoritmos de redes sociales, optimizados para generar interacción, impulsó la limpieza étnica contra la minoría musulmana rohingyá en Myanmar.
En su libro Nexus (Debate, 2024), Yuval Harari revela cómo el diseño de los algoritmos de redes sociales, optimizados exclusivamente para generar interacción en la plataforma, impulsó la limpieza étnica en Myanmar contra la minoría musulmana rohingyá, a manos de la mayoría budista incentivada por un sacerdote que convocaba a la discriminación desde violentas arengas en redes sociales.
Señala el historiador y antropólogo que los sistemas priorizaron y propagaron odio y teorías conspirativas; demostró que los algoritmos no humanos pueden tener consecuencias letales. Una campaña de represión militar iniciada en agosto de 2017 costó la vida a 10.000 personas rohingyas; más de 700.000 fueron desplazadas forzosamente de Myanmar hacia Bangladesh.
Los algoritmos de plataformas no procuraron deliberadamente aquella experiencia, pero la fomentaron porque gestionaron la forma más eficiente de atención y tiempo de pantalla de las audiencias sin evaluar veracidades ni consecuencias. Por defecto, el contenido extremo, el miedo y la indignación son los medios más eficaces para captar la atención humana.
Harari destaca que no fue una conspiración humana dirigida, sino el propio diseño algorítmico el que seleccionó y amplificó discursos islamófobos para aumentar el tráfico en las redes que genera ganancias. Esto evidencia que la IA actúa por sí misma y puede escapar al control de sus creadores.
Los algoritmos crearon un ecosistema donde las noticias falsas y las mentiras superaron orgánicamente a la verdad. Esta manipulación ideológica jugó un rol directo en la violencia y el asesinato de decenas de miles de personas.
Fieles al folclore del fútbol local, simpatizantes argentinos durante la final del Mundial de fútbol entonaron un cántico que incluía agravios. Hubo una trompada de un ayudante de campo a un jugador español tras el final del encuentro, y empujones de un mediocampista de la selección argentina a un contrincante en pleno partido.
La patria deportiva local naturaliza agravios por condición sexual, por nacionalidad, por estamento social o porque la alteridad viste colores diferentes. Los medios argentinos, en el cabotaje, fingen demencia a nombre del costumbrismo, mientras los popes pavonean oropeles y esconden dólares.
Ante los ojos del mundo, esa veta de personalidad futbolera argentina saltó a las redes como si fuera un rasgo de la nacionalidad, de identidad colectiva.
El historiador español Alberto Garín afirmó que «los españoles no mataron a García Lorca» para ejemplificar la hipérbole a la que suelen aferrarse los nacionalismos. Sostiene que buscan inventar una identidad homogénea y colectiva que anula la responsabilidad y el libre albedrío de los individuos.
Garín ejemplifica cómo el nacionalismo utiliza la historia de forma maniquea. Argumenta que el poeta fue detenido y fusilado por personas con nombres y apellidos, marcados por tramas locales de odio familiar, envidias personales y alineaciones políticas específicas en el contexto de Granada en 1936.
Emilio Luis Barrachina, director del documental «El mar deja de moverse», sintetizó: «A Lorca lo mataron por ser de izquierda, homosexual y famoso».
El fútbol sublima, pero no redime ni da razón o justicia. Las Malvinas son argentinas y los soldados son héroes. Pero la tribuna suele omitir «las vanas arengas de los vanos generales», que mandaron a la guerra a chicos sin preparación ni noción real de lo que sucedía.
No fue novedad Samuel Jackson acusando a los argentinos de racistas, pero terminó de sumar absurdos; el actor siguió una tendencia en redes sociales de los Mundiales de 2022 y 2026. La controversia escaló particularmente en diciembre de 2022, cuando una columna de opinión del diario estadounidense The Washington Post cuestionó por qué la escuadra albiceleste no contaba con más jugadores afrodescendientes.
La semana pasada puso a una parte significativa de la sociedad argentina, usuaria de redes y consumidora de noticias, como protagonista del hecho político y económico bajo diseño arquitectónico del mismo algoritmo que promovió la matanza de los rohingyas.
El juego no es un simple residuo de la infancia. Es un mecanismo evolutivo, cognitivo y cultural indispensable para el aprendizaje individual y la convivencia. Aprendemos a jugar porque es la herramienta más eficiente del cerebro y de la cultura humana para simular la realidad y experimentar sin asumir riesgos letales.
Cuando el juego se transforma en un mega espectáculo masivo, su naturaleza no se destruye: se escala, se ritualiza y se experimenta de forma vicaria. Es mejor un mundo con mega espectáculos que uno que dirima diferencias con guerras.
Pero así como la política abandona el debate argumentado en procura de la ley justa, para someterse a la transacción; así como la gestión del bien común por la multilateralidad se abandona a la imposición del más poderoso, así también el Mundial de fútbol abandona ese ritual lúdico que nos emparenta, para someterse a las conveniencias del negocio.
En la Carta Encíclica Magnifica Humanitas, el Papa León XIV establece una relación simbólica y ética entre los algoritmos y la «confusión de las lenguas» a través de lo que denomina el «síndrome de Babel».
La confusión de las lenguas moderna ocurre cuando la comunicación se rompe porque se intenta sustituir la comunión por la «traducción» algorítmica de la vida humana.
Este intento de reducir al «otro» a un medio o a un dato mediante el control técnico es descrito como una «tentación antigua y siempre nueva», que hoy toma un rostro digital.
Frente a esta «confusión» provocada por la idolatría del lucro y la técnica, el Papa propone el «camino de Nehemías», que consiste en reconocer que, aunque exista una pluralidad de voces que recuerde la dispersión de las lenguas, es posible edificar juntos a través del diálogo y la escucha, transformando la diversidad en un recurso.
