Un análisis sobre cómo la inteligencia artificial seduce a los usuarios y las implicaciones de su uso cotidiano.
La conversación pública sobre la inteligencia artificial (IA) se ha centrado en términos de amenaza, como el reemplazo laboral o el control, pero el problema real radica en la fascinación que genera. Según el mito de las sirenas de Homero, no es la coerción sino la promesa de conocimiento lo que atrae a los marineros, quienes se acercan convencidos y mueren.
En la obra de Homero, Circe ofrece dos remedios: cera para los oídos de los remeros y cuerdas para atar a Ulises al mástil. Adorno y Horkheimer interpretaron esto como la primera división del trabajo en la modernidad: unos no oyen y otros no pueden actuar. Esta dinámica se refleja hoy en la relación entre usuarios de IA y los ingenieros que la desarrollan, quienes, según algunos, aseguran no poder detener su avance.
Franz Kafka, en una relectura del mito, sugiere que las sirenas tienen un arma más poderosa que su canto: el silencio. Ulises, atado al mástil, escucha una música inexistente. Esta idea se asemeja a la interacción con máquinas que producen respuestas elocuentes y fluidas, pero sin una presencia real detrás, lo que constituye una ficción creíble.
La fascinación por la IA podría explicarse no por su carácter sobrehumano, sino por su naturaleza humana, demasiado humana, como señaló Nietzsche. La máquina está construida con textos, prejuicios y cortesías humanas, y al responder devuelve una versión pulida de nuestra propia voz.
En Fahrenheit 451, Ray Bradbury anticipa esta dinámica cuando el capitán Beatty explica que los libros no se queman por órdenes gubernamentales, sino por la tecnología y la impaciencia colectiva. Esta coartada se repite entre quienes diseñan sistemas que organizan la atención, sin que nadie asuma responsabilidad por sus efectos.
La nueva distopía no se parece a las de Orwell o Huxley, que describían regímenes coercitivos o de servidumbre amada. En cambio, la IA se limita a leer, resumir y escribir por nosotros, con una amabilidad sin aristas.
El mito deja una solución: Ulises no se tapó los oídos, sino que quiso oír y sobrevivir, atado con cuerdas y acompañado de compañeros que lo sujetaran. En la actualidad, esa cuerda podría representar prácticas como leer completas las citas, escribir borradores propios, sostener preguntas incómodas y admitir la ignorancia. No se trata de abstinencia ni tecnofobia, sino de la posibilidad de escuchar el canto sin sucumbir a él.
