sábado, 31 octubre, 2026
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Debate por el uso de inteligencia artificial en la literatura y la economía

La publicación de un paper de Javier Milei y Demian Reidel y la consagración de un premio de novela breve reavivaron la discusión sobre los límites del uso de IA en la producción intelectual. Detectores de texto y sellos de agua digitales son algunas de las herramientas que buscan identificar contenido generado por máquinas.

Esta semana, Javier Milei y su exasesor Demian Reidel publicaron una nueva versión de un paper económico que, según el Presidente, lo acercaría al Premio Nobel de Economía. La publicación estuvo acompañada por el sitio web minscale.org, que fue señalado por varios usuarios como “hecho con IA”. Reidel respondió: “por supuesto que usamos IA”. Agregó que sería un tonto si no aprovechara una de las tecnologías más revolucionarias creadas por el ser humano.

En julio, el economista Jesús Fernández-Villaverde analizó un borrador anterior de ese paper con Pangram, un detector de texto artificial, y sostuvo que partes habían sido escritas por una IA. Reidel admitió haberla usado para mejorar la redacción, pero no para generar ideas ni resultados. Se mencionó la posibilidad de plagio, aunque un detector no puede determinar si un texto fue copiado de otra fuente.

No hay acuerdo sobre dónde termina la asistencia y dónde empieza la sustitución del trabajo intelectual. Los detectores, incluso cuando aciertan, solo reconocen patrones de escritura. No identifican quién tuvo las ideas ni cuánto intervino la herramienta.

Hace pocas semanas, las grandes empresas de IA comenzaron a marcar los textos que generan, por nuevas exigencias de la Unión Europea. Algunas, como Anthropic, creadora de Claude, lo aplican en todo el mundo. No es una firma visible ni un código oculto: el modelo modifica sutilmente cómo elige las palabras, y otro programa con una clave especial puede reconocer ese patrón. Las empresas aseguran que no afecta la calidad ni permite identificar al usuario.

El nigeriano Jerry Falade estaba por publicar su primera novela policial, Call Me, I’ll Hide the Body. Catorce editoriales estadounidenses se disputaban los derechos. Minotaur, de Macmillan, ofreció más de dos millones de dólares por dos libros. Días después, circularon sospechas de que el manuscrito era obra de una IA y sus agentes lo retiraron porque no podían garantizar cómo había evolucionado el texto. Falade lo negó y denunció prejuicios raciales. También cuestionó que algunos periodistas pasaran su manuscrito por detectores sin su autorización, lo que según él viola sus derechos de autor.

Un estudio de las universidades de Stony Brook, Columbia y Michigan analizó 14.419 novelas autopublicadas en Amazon entre 2023 y 2026. Una de cada cinco tenía más del 25% de su contenido atribuido a IA. Representaban el 20% de los títulos, pero apenas el 11% de los ingresos. En España, El País analizó 119 libros populares de 2025 y 2026: el 29% mostró indicios de IA y trece tenían más de la mitad atribuida a una máquina, todos autopublicados. En una muestra de libros de 2019 y 2020, ninguno dio positivo.

Pangram atribuyó a la IA el 100% de Mr. Sterling. Romance con el CEO, de una autora con 109 libros en Amazon desde marzo de 2025. Estas cifras provienen de detectores que mejoraron, pero no son pruebas definitivas de autoría.

La empresa Anthropic acordó pagar 1.500 millones de dólares para cerrar una demanda colectiva de escritores por haber descargado y usado libros pirateados para desarrollar a Claude. Un tribunal había considerado legítimo el entrenamiento, pero no las copias piratas. En la Argentina, Editorial Perfil demandó a OpenAI y Microsoft por usar sin permiso sus notas para entrenar modelos. Fue el primer medio en español en hacerlo.

Esta semana el debate llegó al mundo literario en español. El peruano David Silva Rojas ganó el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, de 20.000 euros, con Donde el agua trabaja. Su novela fue elegida entre más de 2.200 manuscritos. El País la pasó por Pangram, que atribuyó el 99% del texto a una IA. La editorial suspendió las presentaciones y abrió una investigación. Silva Rojas negó los hechos y prometió mostrar sus borradores. Las bases del premio prohibían usar IA.

Pangram tiene buenos resultados en pruebas independientes, con pocos falsos positivos. Ese 99% es la proporción de texto que el programa clasificó como artificial. No es una certeza de fraude.

Usar IA no equivale a plagiar. Plagio es presentar como propio el trabajo ajeno. Se puede plagiar sin IA y usar IA sin plagiar. Tampoco es lo mismo violar un copyright, incumplir las bases de un concurso o no ser transparente sobre el proceso creativo.

Editoriales, universidades y concursos necesitan reglas claras. También necesitan distinguir entre una sospecha, un indicio técnico y una prueba. Hoy las acusaciones ya tienen consecuencias antes de que haya respuestas.

Durante siglos, un escritor debía demostrar que su trabajo merecía ser leído. Ahora también puede tener que demostrar que lo escribió.

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