El film, basado en la novela de Roland Topor, se estrenó en 1976 y se convirtió en la conclusión de la llamada Trilogía del Departamento. Polanski escribió el guion, actuó y dirigió la película, que explora la crisis de identidad de un inmigrante en París.
A 50 años del estreno de El inquilino (1976), la película de Roman Polanski basada en la novela El quimérico inquilino de Roland Topor, continúa siendo considerada una de las obras más personales del director polaco. El film, que se presentó en competencia en el Festival de Cannes de 1976, narra la historia de Trelkovsky, un oficinista tímido y solitario que busca alojamiento en París y termina sumergido en una crisis de identidad.
Polanski, que venía de filmar Barrio chino (1974), se encontraba en un momento de dificultades para concretar el proyecto de Piratas. Según relata en su autobiografía Roman by Polanski (1984), contactó a Barry Diller, entonces sucesor de Robert Evans en Paramount, y le propuso dirigir la adaptación de la novela de Topor con un presupuesto modesto y un calendario ajustado. Diller aceptó y Polanski viajó a París para escribir el guion junto a Gérard Brach.
La película se rodó en los estudios Épinay de París, con un decorado diseñado por Pierre Guffroy que recreaba un edificio de vecindad parisino. Polanski asumió el rol protagónico y contó con un elenco que incluyó a Isabelle Adjani, Melvyn Douglas, Shelley Winters, Jo Van Fleet y Lila Kedrova. El director de fotografía fue Sven Nykvist, habitual colaborador de Ingmar Bergman.
En declaraciones citadas en su libro de memorias, Polanski explicó: «El inquilino fue la más rápida de mis películas, ocho meses desde la novela sin adaptar hasta el estreno. La terminé de filmar incluso antes de firmar los contratos». El presupuesto ascendió a dos millones doscientos mil dólares, según consignó el realizador.
El film tuvo una recepción dispar en su momento. Un artículo en el semanario L’Express, que Polanski atribuye a una pasada de prensa organizada por el ministro de Cultura francés Michel Guy, ejerció, según el director, «una influencia decisiva» y la película «ya era vista con recelo» antes de Cannes. Con el tiempo, El inquilino se convirtió en una película de culto y en la conclusión de la llamada Trilogía del Departamento, junto a Repulsión (1965) y El bebé de Rosemary (1968).
