La obra, pintada entre 1511 y 1512, se conserva en la National Gallery de Londres y será parte de la sección ‘Obras que cuentan’. El papa León XIV recorrerá Buenos Aires, Luján y Córdoba en la primera visita de un pontífice al país desde 1987.
En pocas horas, el papa León XIV recorrerá Buenos Aires, Luján y Córdoba, en la primera visita de un pontífice al país desde que Juan Pablo II visitó estas tierras en 1987. Será el acontecimiento del año y tal vez de la década para un país de mayoría católica.
La figura papal se adueñará de las calles, las plazas y las pantallas, y con esa postal se reabrirá una pregunta que tiene varios siglos: ¿Cómo se puede mostrar, desde el arte, al que encarna al mismo tiempo autoridad espiritual y poder terrenal? Esa pregunta tuvo un eco particular en Roma, en 1511.
En esta decimocuarta entrega de «Obras que cuentan», el espacio de la sección Arte de El Litoral pensado para detenerse frente a una obra y reconstruir su recorrido, nos ocuparemos del «Retrato de Julio II», de Rafael Sanzio. Lo pintó para la basílica de Santa María del Popolo y hoy se conserva en la National Gallery de Londres.
Es la representación de un papa que, desde que llegó al cargo, quiso reforzar el poder del Vaticano, para lo cual impulsó guerras, mandó a hacer obras monumentales y desarrolló políticas que cambiaron la cara de Roma. Pero que, bajo el pincel de Rafael, aparece sentado, cabizbajo, absorto y con la barba crecida. Está vencido por el poder.
El pontífice que quiso el nombre del César
Giuliano della Rovere (1443-1513) fue elegido papa en 1503, tras la muerte de Pío III, en un cónclave que duró apenas diez horas. Mónica Martín lo evocó en un artículo publicado en Perfil como un hombre «rico, veleidoso, sanguíneo y arrogante», y sostuvo que los historiadores más filosos creen que compró la rapidez de su elección con “dádivas eclesiásticas repartidas entre los cardenales”.
El nombre que tomó es elocuente respecto a lo que hizo después. Era una derivación del suyo propio, pero también una referencia a Julio César, a cuya gloria quiso aludir en su pasado. Incluso, para festejar su elección pasó bajo siete arcos de triunfo de aire romano, un mensaje dirigido a una ciudad a la que prometía devolverle su antiguo esplendor.
Era violento e impulsivo, y lo llamaban «el Terrible». Antes de ser papa había sido obispo de Carpentras, cardenal-obispo de Lausana, arzobispo de Aviñón y legado en Francia, y había disputado la elección con Alejandro VI. Sobrino de Sixto IV, ya conocía los manejos del poder cuando llegó al trono de Pedro.
Gobernó como un príncipe renacentista: reformó la moneda, mandó acuñar una pieza de plata que se llamó «julio», controló a los señores feudales rebeldes y encarceló a César Borgia. También optó por la espada: sometió a Bolonia y formó la liga de Cambrai para atacar a Venecia. En 1506 fundó la famosa Guardia Suiza.
El encargo
En 1508 Julio II le pidió a Rafael que decorara sus aposentos en el Vaticano, dado que no quería ocupar los que había habitado su enemigo, Rodrigo Borgia (Alejandro VI hasta 1503). Le gustó tanto el resultado, que despidió al resto de los artistas y dejó a Rafael como inspector general de bellas artes.
¿Por qué se recuerda tanto a este pintor? Miguel Calvo Santos escribió que fue «uno de los más talentosos (sino el que más) de los artistas del alto renacimiento italiano». La relación que mantuvo con Julio II fue muy distinta de la que el pontífice sostuvo, por ejemplo, con Miguel Ángel, a quien le encomendó la bóveda de la Capilla Sixtina.
Se dice que el papa apuró a Miguel Ángel a fuerza de gritos, arrebatos y dilaciones en los pagos y llegó a golpearlo con un bastón. Los que estén interesados en esa compleja relación, pueden revisar la película «La agonía y el éxtasis», de 1965, protagonizada por Charlton Heston y Rex Harrison.
Volviendo a la obra que nos convoca, la misma nació en uno de los momentos más difíciles del pontificado de Giuliano della Rovere. En 1511 estalló un conflicto con un grupo de cardenales disidentes, respaldados por el rey Luis XII de Francia y el emperador Maximiliano I.
Rafael trabajó en el cuadro desde junio de 1511 hasta marzo de 1512. En ese lapso el pontífice se dejó crecer la barba, uno de los rasgos que permiten datar la imagen y entender cuándo y por qué fue pintada. Mientras Julio II posaba, el trasfondo era de una grave crisis política.
Un papa sentado
Las dimensiones del cuadro son 101 por 83 centímetros. Julio II está sentado en un sillón, con una capa y un gorro de terciopelo. Hay que señalar que antes de Rafael, los papas solían retratarse de frente o en perfil estricto. El maestro de Urbino rompió con un canon que se había ido formando durante unos dos siglos.
Alex Sala, en un artículo publicado por la revista National Geographic, afirmó que el retrato muestra a uno de los hombres más poderosos de su tiempo «no como un enérgico guerrero o gobernante», sino como «un anciano decrépito y enfermo, ensimismado en una melancolía impropia de su carácter».
El contraste es muy notable, ya que ese mismo hombre que se hacía llamar César y soñaba con una Roma de mármol con la majestad de antaño, quedó pintado como alguien cuya mirada va hacia adentro. Como señalábamos en una nota anterior respecto al retrato de Inocencio X de Diego Velázquez, es un hombre desgastado por las presiones de su trono.
Distintas miradas del mismo hombre
Julio II murió en la noche del 20 al 21 de febrero de 1513, rodeado de cardenales a los que pidió perdón por sus defectos y a quienes rogó que eligieran un digno sucesor. Un mes antes, el carnaval de la ciudad de Roma lo había celebrado como emperador.
Su figura quedó dividida. Maquiavelo lo alabó, Lutero lo tomó como ejemplo de la corrupción de la Iglesia, Erasmo de Rotterdam le dedicó una sátira y Guicciardini lo juzgó digno de la gloria más brillante si el empeño que puso en exaltar a la Iglesia en lo temporal lo hubiera puesto en lo espiritual. Pero Rafael, en su retrato, no estuvo dentro de ese debate.
