martes, 31 marzo, 2026
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Mención especial para «La cura», un relato de Nicolás González

Un cuento ambientado en la provincia captura una atmósfera íntima y reflexiva a través de un paseo matutino y un encuentro cargado de simbolismo.

Estaba fría la mañana y, sobre el camino, la niebla se retiraba ensimismada como una mujer que no ha dormido en toda la noche. Comenzaron a aparecer los plátanos en hileras y en una de las ramas, un hornero apuntó su canto hacia el cielo lila. Con su pose de Moctezuma, el ave sorprendió a las dos mujeres que caminaban juntas. A decir verdad, no tan próximas. Cuando Laura se distraía con aquellas pequeñas cosas que se movían en el paisaje, –el salto de una calandria, la copa de un eucaliptus, las orejas de una liebre–, se retrasaba y quedaba siempre un poco más atrás. Luego, apuraba sus pies hasta alcanzar a su amiga. En cambio, Rosana siempre mantenía el mismo ritmo, cada paso duraba igual que el anterior.

Pasó media hora hasta que llegaron a la entrada del lugar y no hizo falta que empujaran la puerta de rejas negras con barros oxidados. La puerta que nunca se cierra, pensó Rosana. —No la cierres— le dijo Rosana a Laura. Al mismo tiempo se frotó las manos, no tanto por el frío sino para hacer algo con ellas. Con el sol, las manos de Rosana se volvían dos roedores inquietos, y desde lo de Patricia intentaba mantenerlas dentro de los bolsillos. Se convencía a sí misma con la excusa de palpar que las llaves siguieran allí, acariciar la panza de resina china del llavero con la estatuita de Buda, también último regalo de Patri. Y asegurarse de las hierbas, esa mezcla extraña y secreta que su abuela usaba para curar enfermedades terminales. Tocó la bolsa con hierbas trituradas: menta, salvia, aloe, jengibre, ortiga, lavanda y doradilla, también llamada planta de la resurrección.

Apenas entraron, vieron que, en el cantero del fondo con forma de óvalo, crecían malvones mustios, barba de viejo, falsa cala y dormía un perro amarillo hecho un ovillo. A simple vista parecía un almohadón sobre la tierra, todavía húmedo por el rocío nocturno. Con el paso de las mujeres, levantó el rostro hacia ellas. Los ojos todavía se mantenían sin abrirse del todo. Su intuición confirmó que ellas no representaban una amenaza y apoyó el hocico entre las piernas como un dragón fiacoso. Laura tomó asiento sobre el borde de la piedra del cantero que contenía la tierra dura, compacta. A Rosana no le gustaban esas plantas, apenas las miró.

—Está lindo el sol—comentó Laura apuntando con sus anteojos cuadrados hacia el azul del cielo. Tenía la nariz iluminada. Hacía tiempo que Rosana se desentendía de ese tipo de frases, se inclinó y comenzó a limpiar con una franela naranja percudida sobre la foto de una mujer. ¿Percudida o percutida?, nunca supo cómo se decía. Laura sacó, del bolsillo del saco de paño negro, el atado de Lucky Strike ya empezado. De algún modo, tardó en encenderlo. Y el primer ardor dio continuidad a los siguientes. Pequeña lumbre que se volvía intensa cuando el humo se deslizaba, placenteramente, por la boca, seguía por sobre la lengua para desembocar en la tráquea y acariciar los pulmones hasta seducir a los alvéolos.

—¿Vos pensabas que habría gente?—preguntó Laura, mientras Rosana miraba hacia lo que tenía enfrente de sus rodillas, como si hubieran otros ojos a los que no les pudiera quitar la vista. —Marcela dijo que a lo mejor pasaba. Ojalá que no. Ojalá que no, pero si fuéramos tres sería más fácil.

A la mitad del cigarrillo, Laura se movió hacia la parte de los malvones. Desde allí vio que a Rosana, ese sol débil le abrazaba una espalda afligida y le resaltaba las raíces canosas. Podría ser mi madre, pensó. Luego, estiró el brazo hacia ella con el paquete de Lucky en la mano: —Hace años que no fumo—dijo Rosana largando un suspiro, reemplazo de un tabaco invisible. La punta blanca del filtro se asomaba nueva, tentadora y luego de acariciarse una mano con la otra, tomó el cigarrillo y se lo llevó a la boca. Laura se lo encendió y con la mano libre hizo reparo de una brisa que no había. Rosana dio una pitada al cigarrillo y al olvidar qué hacer con el humo, tosió. Ambas rieron, por fin rieron. Y ahora que algo se había relajado, era el momento de comenzar.

Con la punta de un destornillador fue sacando la pastina seca, pegada alrededor del cuadrado de piedra. Apenas la raspaba, se deshacía en arenilla. —¿Te acordás cuando me pedían cigarrillos a escondidas? Siempre creyeron que me fumaba dos o tres, por ustedes — dijo Laura mirando sus manos. Rosana largó un quejido de dolor por uno de los dedos. —A ver, déjame a mí. Golpeaba de a poco, para no romperla, la tapa de cemento.

Fue en ese momento cuando el perro se despabiló y al levantarse, arqueó su columna, luego llevó las patas delanteras hacia adelante como en una asana de yoga y, mientras se masajeaba el dedo, recién allí Rosana le descubrió la vagina. La perra se acercó hasta ellas y, si bien estaba atenta, las olfateó sin dejar de mover la cola. Tac tac tac, tac tac toc, se aflojó la losa principal. Desde el cantero, Rosana resopló y desenvolvió un paquete blanco atado con una cinta fina dorada. El sol y los ojos de la perra acariciaron golosos las facturas.

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