El 12 de septiembre de 1976, un coche bomba explotó al paso de un colectivo policial en Junín y Rawson. Nueve efectivos y dos civiles murieron. No hubo detenidos.
El 12 de septiembre de 1976, la agrupación Montoneros hizo explotar un Citroën 3 CV cargado con una bomba de fragmentación en la intersección de las calles Junín y Rawson, en Rosario. El objetivo era un colectivo que trasladaba a policías que regresaban de prestar un servicio adicional en la cancha de Central. El saldo fue de once muertos: nueve efectivos policiales y un matrimonio que circulaba detrás del ómnibus en un Renault 12. Además, hubo decenas de heridos, entre ellos un niño que iba en un taxi delante del colectivo.
El domingo 12 de septiembre de 1976 amaneció nublado. Eduardo Ferraro, chofer del colectivo policial, había comenzado a trabajar muy temprano. «Llevé un servicio a Villa Constitución y cuando volví me dijeron que me tenía que quedar porque el otro chofer había pasado parte de enfermo», recordó en 2018, a los 78 años, apoyado en un bastón que usó desde ese día, cuando una esquirla le destrozó la cabeza del fémur y le dañó severamente la arteria femoral. En la cara recibió otros dos impactos.
En la Jefatura de Policía se alistaban efectivos del Cuerpo Guardia de Infantería que iban a prestar un servicio adicional en la cancha de Central, donde el conjunto canalla dirigido por Alfio Basile enfrentaría a Unión. Como sucede hasta hoy, los adicionales permitían sumar algunos pesos a los sueldos policiales. Eso es lo que había llevado a Andrés Acosta, un cabo de 25 años, a anotarse para cubrir el servicio. «Andrés le quería comprar una heladera a mi mamá y por eso vivía haciendo adicionales», recordó su hermana Angela.
Buscando los cascos y escudos para partir hacia el Gigante de Arroyito también estaba Carlos González, un suboficial de 21 años a quien el fanatismo por el Central que alistaba a Pascuttini, Killer, Aimar, Van Tuyne y Potente lo había llevado a anotarse para hacer adicionales. Era el más joven de todos los policías que ese día iban a ser blanco del atentado de Montoneros. Su muerte abrió una triste historia para Silvina, su pequeña hija de por entonces poco menos de un año.
«Lalo» Ferraro tuvo que cubrir a su compañero enfermo. Se sentó detrás del volante del colectivo Mercedes Benz de la policía y partió con 21 efectivos hacia la cancha. Ese día Central ganó 2 a 1 con goles de Potente y nada preanunciaba lo que sucedería unos minutos después.
«Estábamos por volver cuando el comisario a cargo me dice que había salido otro servicio adicional, una pelea de boxeo en Sportivo América, así que me pidió que volviera lo más rápido posible para el centro», rememora Ferraro.
Estallido quirúrgico
El suboficial cumplió la orden. Tomó por Gorriti, dobló en una arteria que no recuerda bien para poder conectar con Junín y allí se encontró con el pozo de la obra del emisario. Detrás del ómnibus, ajeno a lo que sucedería, Oscar Ledesma, un fotógrafo de 56 años manejaba su R12 junto a su esposa, Irene Dip, de 42, y la hija de ambos, Andrea, de 15 años.
Delante del colectivo de la policía, en tanto, una mujer trasladaba a cinco chicos en un taxi. Habían pasado pocos minutos de las 18. En la ochava de Rawson y Junín, del lado de los números pares, estaba estacionado un Citroën 3 CV color rojo.
«Yo venía sentado en la parte derecha del colectivo, en el tercer asiento del lado de la ventanilla. Tu hermano venía al lado mío, del lado del pasillo», le dijo Omar Olivera, en 2018 de 70 años, a Angela, la hermana de Andrés Acosta.
Olivera habló en voz muy alta. No escuchaba bien desde ese día. Una esquirla le perforó el cráneo y le dañó la audición. «Acosta se incorporó, bajó del colectivo y se desplomó», le contó a la mujer, que siempre había creído que su hermano había muerto en el acto a bordo del ómnibus.
El estallido de la bomba fue quirúrgico. El Citroën voló en mil pedazos justo cuando el colectivo pasaba a escasos metros. El matrimonio Ledesma murió en el acto. Su hija fue llevada al hospital y salvó su vida. Desde ese día no quiso volver a hablar del hecho. La Capital intentó infructuosamente contactarla. Ya no vive en Rosario y quienes conocen la causa de cerca aseguran que quedó muy afectada por la muerte de sus padres.
Carlos Gallaza, un hombre que reparaba una moto en la ochava nordeste de Rawson y Junín también resultó herido, al igual que un niño que iba en un taxi Ford Falcon delante del colectivo.
Cuerpos mutilados y gritos desgarradores
En el ómnibus, en tanto, las escenas fueron dantescas. Cuerpos mutilados y gritos desgarradores coparon la tarde en el barrio Refinería.
«Todos los que venían sentados del lado izquierdo del colectivo murieron. Fue una explosión tremenda. A mí me pegó un ruleman en la cara, porque la bomba estaba hecha con todo tipo de municiones. Me pegó en la cara y me destrozó. Otra esquirla me partió el casco y me rompió el cráneo», señaló Olivera.
«Me acuerdo de Luna, un muchacho que estaba prácticamente destrozado, unos ayudaban a otros. Fue tremendo. Yo me bajo y trato de reaccionar un poco y Luna me preguntaba si se iba a morir. Yo le decía que no, que estaba bien, pero tenía todas las tripas afuera», recordó.
«Lalo» Ferraro también estaba muy malherido. Una esquirla le había entrado por la cadera. «Lo último que me acuerdo es que me subieron al baúl de un auto y me llevaron a la Asistencia Pública (donde hoy está el Cemar, en Moreno y San Luis)», aseguró.
Allí todo era caos. Los heridos se amontonaban. Ferraro asegura que a él lo pusieron junto con los cadáveres y que fue un instructor suyo el que se dio cuenta de que aún estaba con vida. Lo trasladaron al Italiano y allí estuvo cuatro meses internado. Después fue derivado al Hospital Churruca, en Buenos Aires. Le salvaron la vida pero las secuelas del atentado le quedaron para siempre.
«Lo que más complicó a los heridos fueron las infecciones», aseguró y detalló que los médicos le contaron que las municiones que había dentro de la bomba de fabricación casera «estaban impregnadas de deshechos y materia fecal, con el objetivo de infectar una vez que entraban a los cuerpos».
Días después Montoneros se adjudicó el atentado. La bomba mató a nueve policías y dos civiles, causó decenas de heridos y aún hoy produce un amargo recuerdo en los vecinos de la zona.
No hubo detenidos ni sospechosos.
