La miniserie de Netflix, dirigida por el chileno Pablo Larraín y basada en relatos de la escritora argentina Mariana Enriquez, compite en el certamen español antes de su estreno el jueves 24. La obra aborda la relación entre vivos y muertos en un barrio del conurbano bonaerense.
La escritora argentina Mariana Enriquez y el director chileno Pablo Larraín presentaron este lunes en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián la miniserie Mis muertos tristes, que compite en la sección oficial del certamen y se estrenará en Netflix el próximo jueves 24. La producción consta de cuatro episodios y, según sus responsables, no presenta diferencias con la versión proyectada en el festival, salvo la eliminación de los créditos finales de cada capítulo.
La serie toma el nombre de un relato de Enriquez y combina elementos de otros dos cuentos de la autora: Julie y Un lugar soleado para gente sombría. La trama sigue a Ema, una médica de 60 años recién jubilada que puede ver y escuchar a los muertos. Tras el fallecimiento de su madre, recibe en su casa a su sobrina Julie, quien posee el mismo don. Paralelamente, el asesinato de tres adolescentes en el barrio de Piedrabuena, en el conurbano bonaerense, provoca una irrupción de presencias sobrenaturales.
Durante la presentación, Larraín explicó que el proyecto surgió a partir de una conversación con Enriquez sobre la naturaleza del personaje principal. «Comencé a escribir y corrí a llamar a Mariana: ‘¿Ema siempre fue así o le pasó?’. ‘Ve los muertos desde que nació’, me respondió. Y con eso ya construí a Ema. No sufría de un estado, sino que es una condición», relató el director.
Enriquez, por su parte, señaló que la historia se enmarca en la tradición del cuento de fantasmas, pero con una variación: «En las historias de fantasmas, un muerto viene del pasado a reclamar una injusticia, retorna a pedir algo. Por eso puedes hacer hasta una lectura política del cuento de miedo o del cuento folclórico. Ahora bien, la reparación es imposible porque tendría que haber ocurrido en vida. En Mis muertos tristes siguen en este mundo; aquí Ema no los calma, sencillamente negocia con ellos».
Consultado sobre la dimensión política de la obra, Larraín sostuvo: «Esos bloques, esos edificios también existen en Chile, fueron un orgullo para nuestros países. Y luego fueron olvidados y se convirtieron en el patio de atrás de una ciudad. Conforman un paisaje físico, también político. Todo lo que tiene relación con la memoria es complejo. Y más en países como los nuestros y España, cuya relación con las políticas sobre la memoria es, cuanto menos, difícil».
Enriquez añadió: «El olvido y la desmemoria son una cuestión política. Aquí cuando el muerto reacciona, se empodera. Además, las protagonistas son mujeres. Si uno trabaja con la mujer y con la mirada de la mujer, rápidamente se va hacia el gótico, hacia lo fantástico. Porque, históricamente, se envió a ese lugar la sensibilidad de la mujer».
La autora también se refirió a la lectura que puede hacerse de la Argentina actual a través de la serie: «Creo que es algo muy estructural. Para mí, es la misma Argentina de 1978, o la que en 1982 salió en masa a defender la guerra de los dictadores, o la Argentina de 1989 de la hiperinflación, que parecía una sociedad alucinada. Hubo un proyecto de país con democracia social, con salud y una universidad pública. Un ideal que se derrumbó con las dictaduras. Vivimos en un loop, y hay momentos en que parece que vamos a estar un poco mejor. Y luego vuelve a caer».
Para la construcción visual de los muertos en pantalla, Larraín se inspiró en la obra del artista alemán Gerhard Richter. La miniserie Mis muertos tristes se estrena en Netflix el jueves 24.
