miércoles, 30 septiembre, 2026
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Emmanuel Carrère: «Es posible que este sea el fin de la historia humana»

El escritor francés Emmanuel Carrère participará del Festival de Literatura de Buenos Aires (Filba) en un diálogo con la periodista y escritora Leila Guerriero. En esta entrevista, repasa su obra, su método de trabajo y su visión sobre la literatura y la actualidad.

En la pantalla aparece sentado, distendido y sonriente en su estudio parisino luminoso, respaldado por una pared de libros dorada por el sol otoñal. Emmanuel Carrère, escritor y periodista francés, conversará con la periodista y escritora Leila Guerriero en el salón de Actos de la Facultad de Derecho de la UBA, en el marco del Festival de Literatura de Buenos Aires (Filba).

Carrère es autor de libros de no ficción como El adversario, Limónov, Una novela rusa, El reino y Koljós (Anagrama), entre otros. Durante la primera parte de su carrera escribió libros de ficción, hasta que decidió retratar la vida real tomando elementos de la literatura.

Hace pocos meses se conoció en castellano su libro Koljós. Esta biografía familiar que arranca con el homenaje del Estado francés a su madre Hélène Carrère d’Encausse, el 3 de octubre de 2023 (fallecida 53 días antes), es también un libro de historia europea. El apellido de la familia de su madre era Zurabishvili y allí confluyen orígenes georgianos, germanos y rusos. Luego el autor se introduce en el devenir de la diáspora rusa en Francia. La historia continúa en el siglo XX, hasta llegar a la guerra de Ucrania, que Carrère cuenta desde Moscú.

Consultado sobre sus gustos en la literatura argentina, Carrère eligió y elogió la obra de Samanta Schweblin. También se refirió a Leila Guerriero y Mariana Enriquez y dijo que estaba muy interesado en leer libros de César Aira.

Hace pocos meses se estrenó en Argentina la película El mago del Kremlin de Giuliano Da Empoli, en la que Carrère fue guionista. «El libro me pareció absolutamente extraordinario, y el trabajo en la película funcionó muy bien porque somos muy buenos amigos con Olivier Assayas, el director. Fue un trabajo difícil técnicamente, pero lo hicimos con gusto y creo que no nos quedó nada mal», declaró. Actualmente trabaja en un guion y toma este viaje como un último descanso antes de volver a su estudio de París para «intentar volver al trabajo».

–Antes de elegir una historia para contar hacés una investigación particular en cada caso. ¿Qué es una vida interesante? ¿Qué es lo que hace que una vida se vuelva digna de ser contada? Tomo el caso decisivo de El adversario, ese hombre que en 1993 asesinó a su esposa, sus dos hijos y padres, e intentó suicidarse sin éxito. Y que además construyó una mentira absoluta sobre su vida con la que engañaba a todos.

–Podría decir, de manera demagógica, que todas las vidas son interesantes, que basta con observarlas con atención. Para que una vida me interese, hasta el punto de escribir algo sobre ella, necesito que, por un lado, cuente algo, que toque alguna cuestión universal, y que, por otro, tenga un eco íntimo para mí. La historia de Jean-Claude Romand en el personaje de El adversario es la de una vida atroz, pero es una vida interesante porque nos cuenta algo de todos los seres humanos. Aunque adopte una forma patológica, cuenta algo que todos conocemos. Esa capacidad de decir pequeñas mentiras para tratar de mantener una fachada social, creo nos toca a todos. Y desde ese punto de vista, para mí, como escritor, es una vida interesante. La vida de alguien como Limónov es interesante de otra manera. En primer lugar, es una vida de aventurero y, por lo tanto, es una que permite crear una especie de novela picaresca y, además, es una forma de contar, en un sentido mucho más amplio, el fin del comunismo. Ahí tenemos realmente una vida, de gran espectáculo, una vida en tecnicolor. No siempre es así, pero esto es algo que, al mismo tiempo, conmueve a todos y me conmueve a mí de manera muy íntima. No es una cuestión de legitimidad, es decirme a mí mismo que me toca a mí hacerlo y a nadie más.

–Después de leer «Los que susurran», tu texto sobre el historiador británico Orlando Figes en el libro Conviene tener un sitio adonde ir, te pregunto: ¿por qué nos gusta que nos cuenten historias? Y, ¿por qué nos interesan tanto las historias inspiradas en hechos reales?

–¿Qué más querés que nos contemos? Necesitamos la narración, la necesitamos tanto para contarnos nuestras vidas como para percibir el mundo. Entonces, se podría decir que si uno es un místico o un poeta, puede arreglárselas sin la narración. Puede tener otro acceso a la realidad. Podemos tener una especie de acceso precisamente libre de la narración, libre de las ficciones que también existen cuando contamos historias reales. Pero, yo no soy un místico, no soy un poeta; mi profesión, mi talento –si es que tengo alguno–, mi vocación, lo que me gusta hacer es contar y crear historias. Y ya sean relatos ficticios, como los que hacía antes, o relatos basados en hechos reales, en realidad no cambia mucho. Lo esencial es que, en el fondo, se trate de contar algo del mundo precisamente a través de la narración.

–Lo contás en Koljós: «Durante nuestro viaje a Moscú, mi madre me anunció solemnemente que algún día, pronto, leería a Fiódor Dostoievski». ¿Qué experiencia o aprendizaje dificultoso te aportó la lectura de El idiota, que hicieron en paralelo con tu mamá en Biarritz cuando tenías 13 años?

–Ah, bueno, ese sí que lo leí verdaderamente, es cierto; diría que fue uno de los primeros libros realmente para adultos que leí y que leí, como lo cuento, en paralelo con mi mamá. Fue una explosión la lectura de El idiota para mí. No entendía gran cosa, pero me sentí atrapado en esa especie de agitación, de fiebre, de energía desbordante. Hay una característica formal increíble de El idiota: toda la primera parte, que tiene más de 200 páginas, es el equivalente a un plano secuencia en el cine, es decir, carece totalmente de interés. ¡Interrupción!: Cuenta cómo los dos personajes se encuentran al amanecer en un tren. Ya están completamente agotados y nos cuentan todo su día; es como si no hubiera ningún corte, toda la narración transcurre en una especie de apnea, nunca tenemos tiempo para respirar. Hay algo que es ahí donde está la impresión, vos mencionabas precisamente la dificultad: el inicio de El idiota es totalmente asfixiante y de una eficacia tremenda.

–¿Y te siguió apasionando Dostoievski?

–Sí. Pero he leído muchísimo sobre adolescentes y jóvenes en registros muy diferentes, tanto a los grandes autores rusos como la literatura fantástica, la ciencia ficción… En fin, he leído muchísimo y de manera muy ecléctica.

–¿Qué otro escritor te impresionó de ese modo?

–Una influencia decisiva… Hay dos. Uno es Howard Phillips Lovecraft. Cuando empecé a leerlo, me dejó completamente boquiabierto, atónito, aterrorizado. Me parece que Lovecraft es muy eficaz a la hora de generar terror. Dos o tres años después, me dejó impresionado la lectura del libro Ubik, de Philip K. Dick.

–»En el despacho espartano, con las cortinas corridas, donde al final me hacen entrar, Limónov está de pie, en vaqueros y suéter negros. Apretón de manos, nada de sonrisas». Así lo presentás. ¿Cómo fue la experiencia de escribir sobre Limónov?

–Fue una experiencia extraña porque fue una mezcla de gran incomodidad y gran, gran placer; porque, por un lado, contar la vida de Limónov es muy divertido, ya que es realmente un personaje novelesco, un personaje de novela picaresca, y hay una especie de placer propio de la novela de aventuras al escribirlo. Por otro lado, es un personaje extraordinariamente cuestionable en el plano político e incluso moral. Así que había momentos en los que me sentía dividido entre pensar: «¿Qué estoy haciendo aquí, a pesar de todo, contando la vida de una especie de fascista ruso?». Y al mismo tiempo era un héroe que, a pesar de todo, me resultaba simpático. Así que es un chico malo, pero un chico malo simpático. Había una mezcla de incomodidad político-moral y, al mismo tiempo, de euforia.

–¿Y hoy, cómo te imaginás a Limónov, si viviera? ¿Dónde estaría políticamente?

–Creo que estaría en el mismo lugar en el que estaba cuando murió. Es decir, en una posición imposible, ya que era a la vez un opositor muy valiente y decidido contra Putin, que llegó a ir a la cárcel y todo eso. Pero al mismo tiempo estaba de acuerdo, sobre todo, con Putin a quien consideraba que era un débil. Él habría estado entre los partidarios más acérrimos de la guerra en Ucrania. No se puede decir que hubiera sido algo más, ya que, aunque resultaba sorprendente, a priori, esa postura de nacionalista e imperialista ruso estaba realmente muy arraigada en él.

–Ucrania y Rusia han sido escenarios bélicos del pasado y también de la escena contemporánea. ¿Cómo fue tu primera visita a esas tierras? ¿Y cómo fueron las últimas?

–A Ucrania había ido dos o tres veces antes de la guerra, solo porque se habían traducido algunos de mis libros, pero no me dejó mucha huella. Simplemente me pareció que Kiev era un lugar agradable, simpático. He ido cinco veces desde que empezó la guerra. A medida que iban pasando esas visitas, la situación se volvía cada vez más trágica: la población, los ucranianos, están agotados y al mismo tiempo no quieren rendirse. Tienen la sensación de que, si se rinden, todos esos jóvenes, muchos de ellos, habrían muerto en vano. Además, ya no pueden más, ya no pueden más… Esa es la impresión que tengo. La última vez, fui para hacer un documental para la televisión francesa, que consistía en entrevistar a personas en los trenes entre Kiev y las distintas ciudades cercanas al frente. Entrevistamos a unas cincuenta personas y todas esas personas estaban muy dispuestas a hablar, ninguna se negó, pero todas expresaban el mismo agotamiento.

–Yendo más atrás, ¿Te intrigaba Stalin? ¿Era un villano interesante?

–Bueno, sí, eso no se puede negar. Los dictadores de gran envergadura como él son personajes interesantes. No se puede negar. Stalin tenía, además, muchos rasgos de carácter extraños y contradictorios. Entre su paranoia, su crueldad, su gusto por las artes, su amor por la música, su interés por la literatura… todo eso formaba una mezcla extraña.

–Y por el otro lado, ¿Donald Trump es interesante?

–Sí, obviamente es un personaje interesante; bueno, quiero decir, ante todo es el personaje que más interesa a todo el mundo en la Tierra. Creo que no hay ni una sola persona en el mundo que no piense al menos una vez al día en Donald Trump, por una razón u otra. Creo que hay pocos personajes en la historia de la humanidad que hayan ocupado, simplemente, hasta tal punto –y esto también se debe a la globalización y todo eso–, y que ocupen tanto espacio en la conciencia de cada uno de los habitantes de este planeta. Es asombroso. En todas las épocas hemos tenido dictadores infantiles y crueles, pero alguien que esté a la altura y que tenga el poder de Donald Trump, eso no existía hasta ahora. Me costaría mucho intentar escribir algo sobre Trump, pero es un personaje más allá de lo imaginable, eso sí.

–Vivimos en una época, una era interesante para contar historias, para escribir, para pensar y, también sufrir. ¿Este siglo es estimulante en particular para quienes se ocupan de retratarlo?

–Sí, claro, pero al mismo tiempo, vivimos en una época que es muy, muy difícil de captar a través de los escritos y el pensamiento, porque las cosas van tan rápido, porque se recurre a cosas que aún nos resultan totalmente inconcebibles. Así que, en cierto modo, ha habido muchísimos períodos interesantes en la historia, pero creo que ahora estamos en un nivel muy alto, ya que, en primer lugar, es posible que este sea el fin de la historia humana –yo tiendo a pensarlo–, y por eso, de cualquier manera, es muy interesante, pero es muy difícil de captar. Yo no sé cómo hacerlo.

–Hay algo de lo que te has interesado y es el libro El periodista y el asesino de Janet Malcolm, en relación a la demanda que el médico y asesino convicto Jeffrey MacDonald le entabló al escritor Joe McGinniss porque este fingió creer en su inocencia durante años para conseguir acceso exclusivo y escribir el libro, mientras en realidad lo retrataba como un psicópata culpable. Aquí hay una cuestión de confianza y la pregunta es: ¿a quién le pertenece la historia?

–¿Le pertenece a quien la vive o a quien la escribe? Esa es una pregunta muy, muy importante. En principio, a quien la vive, pero al mismo tiempo quien la escribe se otorga un derecho sobre ella, aunque a veces pueda haber una especie de negociación más o menos formal como esa entre ellos. Por ejemplo, yo la tuve tanto con la mayoría de las personas sobre las que escribí como, a pesar de todo, con Jean-Claude Romand con quien tuve una especie de acuerdo, no formal, pero bueno, quiero decir que él sabía lo que yo hacía, no se mostraba hostil al respecto; lo mismo con Limónov, lo mismo con el juez cuya historia cuento en De vidas ajenas; sí, en esos casos hubo una especie de contrato informal.

–Y ¿qué significó, desde el punto de vista de la no ficción, para tu carrera el hecho de escribir El adversario? Hubo polémicas. Surge el cuestionamiento de si lo que escribiste era verdad o no. Es un momento en el que se discute mucho la posibilidad de que un escritor escriba sobre hechos verdaderos. ¿Es entonces cuando se borra la frontera en ficción y no ficción?

–En este caso no se trata en absoluto de borrar la frontera, al contrario, es mucho más claro. Estos son libros de no ficción realmente, en El adversario no hay ficción; hay, tal vez, imprecisiones o errores, pero en El adversario no hay ficción en él. Esas imprecisiones o errores no son intencionales. No es para nada un libro de ficción; la frontera entre ficción y no ficción no está en absoluto difuminada, al contrario, es muy clara.

–Y cuál pensás que es el lugar de la verdad hoy? La pregunta se vuelve importante en el presente porque todo ha cambiado de un modo radical y «la verdad» ya no parece importar demasiado, cada uno tiene la propia. Los políticos, algunos gobernantes, la sociedad en general, todos construyen su verdad…

–Bueno, depende de lo que entendamos por «verdad». Porque, de todos modos, hay algo que es una verdad factual a la que no necesariamente tenemos acceso completo, pero que existe. Lo que quiero decir es que si Jean-Claude Romand u otra persona hizo tal cosa, si yo digo que hizo tal cosa, tal vez me equivoque, pero hay una verdad que es indiscutible. Luego, lo que podamos decir como interpretación, como modificación, alteración, de esa realidad, es otra cosa. De todos modos, aunque ahora sea casi una batalla perdida, sigue siendo importante pensar que existe algo así como una verdad de los hechos. De lo contrario, por cierto, ¿qué sentido tiene un diario? Es lo que es y no depende de nuestra visión subjetiva de las cosas; hay una verdad. Si estás de acuerdo, nuestra conversación actual es real; habrá ocurrido en tal y tal lugar del espacio y del tiempo. Después, tal vez se pierda el rastro y ya no recordemos lo que nos dijimos, pero no por eso deja de haber existido en la realidad, y eso es una verdad. Y creo que el simple hecho de recordar la existencia de esa realidad, aunque cada vez esté más cubierta por otras cosas, ya es bastante saludable.

–En el libro Conviene tener un sitio adonde ir también hay un texto que narra una entrevista fallida con Catherine Deneuve. ¿Te sentiste incómodo haciéndola? ¿Qué sentías exactamente? ¿Llegaba a ser un malestar físico?

–No. Decir que sentí un malestar físico sería exagerado, pero sí, efectivamente, como lo cuento en el texto, me sentí incómodo. Tenía la impresión de que esa entrevista no estaba saliendo bien, de que Catherine Deneuve estaba totalmente distraída y, al mismo tiempo, decía que había querido que fuera yo quien la entrevistara y parecía haberlo olvidado por completo. En fin, me sentía en una situación muy incómoda. Pero en esos casos, esa es la ventaja de ser escritor: que luego uno lo cuenta.

–Claro, pero, ¿crees que tu cuerpo siente el proceso de escribir? Escribir deja huellas, cansancio y dolor de espalda, ¿eso se nota en el texto?

–Vos, como periodista, podés pensar que tal vez pasás demasiado tiempo frente a tu computadora y que debés hacer lo que todos te aconsejan, que es levantarte de vez en cuando y dar unos pasos por la habitación, estirarte, hacer algunas posturas de yoga sencillas y, normalmente, te dolerá menos la espalda. Así tendrás menos dolor de espalda, de hombros y de nuca. Por mi parte, por el momento no soy muy propenso a este tipo de cosas.

–¿Cuál fue tu principal escuela, tu formación, cómo armaste tu forma de ver y de enfrentar al mundo con tu escritura?

–Fue en gran parte a través de la lectura. Esa era mi principal forma de relacionarme con el mundo. Siempre he tenido mucha necesidad de esa mediación; es realmente el lugar donde me siento seguro, es ahí, leyendo un libro. Así que me formé mucho, me formé esencialmente, a través de la vida, de los encuentros, de las mujeres que amé, pero los libros son, de todos modos, algo central en mi relación con el mundo.

–Tu mamá era historiadora, ¿también era una buena narradora?

–Sí, sí, era una buena narradora. Para nada como en sus libros. Esos libros son realmente de profesores, bastante académicos y ella explica, analiza, pero nunca cuenta historias. Por el contrario, en la vida, era una muy buena narradora. Y a menudo muy divertida. Y en particular podía ser muy divertida en sus relatos, a menudo muy sarcástica, pero muy divertida.

–Hanif Kureishi escribió un libro titulado Mi oído en su corazón. Allí habla de su papá. Explicaba que se había convertido en «el padre de su padre» porque él se hizo adulto y su papá ya era mayor y lo ayudó en sus últimos años. ¿Vos podés pensar algo así entre vos y tu mamá?

–No, no puedo decir eso porque ni mi mamá ni mi papá –ni siquiera en su vejez– se encontraron en una situación de dependencia, en la que hubiera que cuidar de ellos. Los dos fallecieron sin haber estado muy enfermos, ni por mucho tiempo. Así que nunca necesitaron ayuda; fueron personas absolutamente autónomas, al menos mi mamá hasta el final. Mis hermanas y yo no tuvimos que cuidar de ellos. Tuvimos que estar a su lado durante los meses previos a su muerte. Pero no estuvieron enfermos, así que fue, diría yo, fácil para nosotros. Y no tuvimos que, como mucha gente, como algunos de mis amigos, cuidar a padres que tienen Alzheimer o cosas por el estilo. Mi papá estaba un poco desorientado en los últimos meses de su vida, pero mi mamá fue totalmente independiente hasta su muerte.

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