La diseñadora de vestuario, escenógrafa, pintora e ilustradora presentó un libro que recopila su carrera en el teatro y inauguró una muestra individual en Venecia. En diálogo con Ñ, se refirió a sus proyectos actuales y al valor del dibujo en su trabajo.
Renata Schussheim es diseñadora de vestuario, escenógrafa, pintora e ilustradora. Recientemente presentó el libro Figurines, que resume su carrera en el mundo del teatro y celebra al boceto. Días después, inauguró su muestra individual Fulgor en la ContArt Gallery de Venecia, bajo la curaduría de Romina Del Prete, y diseña el vestuario para una ópera que se estrenará en 2027 en el Teatro Colón.
En su estudio porteño, conversó con Ñ sobre estos proyectos.
–Acabas de presentar Figurines, un libro que resume tu carrera en el mundo del teatro y celebra al boceto. A los pocos días, inauguraste tu muestra individual en Venecia, mientras diseñabas el vestuario para una ópera para 2027 en el Teatro Colón. ¿Cómo te llevas con esa multiplicidad creativa?
–Me paso la vida haciendo cosas y buscando otras, por eso abrazo las oportunidades aunque lleguen juntas. Fulgor inauguró en septiembre en ContArt Gallery de Venecia, bajo la curaduría de Romina Del Prete, mientras ajustábamos los detalles de la presentación del libro, que fue una fiesta donde celebramos muchos años de trabajo. Apenas terminó esa locura, me metí en casa a bocetar mientras ajusto los últimos detalles de mi viaje a Roma, donde continúa la muestra. No conozco otra manera de hacer las cosas e incluso cuando me propongo frenar un poco, aparece algo nuevo.
–Hablemos de Fulgor, que se percibe como un homenaje al dibujo, esa técnica que practicas desde que sos muy chica y que te permite descubrir nuevas facetas de tu hacer. ¿A cuál de todas las Renatas querías representar?
–La muestra resultó una oportunidad para crear una puesta intimista y contenida, algo que no sucedía hace tiempo porque mis últimas exposiciones fueron masivas y abarcaban mucho. Destaco al dibujo con una serie que hice hace algunos años, pero que estaba guardada y a la espera de que llegara el momento indicado. Los personajes principales son unas nadadoras que luchan en medio del mar negro y la noche espesa, rodeadas de seres que acunan, por momentos con amor, aunque hay una cierta tensión, y que irradia algo muy femenino, con el mar como símbolo de eso.
Hoy hay una exageración de contenido e información, lo que hace que la cabeza quede con poco espacio para el silencio y la creatividad, y eso me preocupa.
–En Figurines también se percibe una recuperación por tu oficio y el boceto como una herramienta que activa y desentraña. ¿Qué es lo que más te gusta de la publicación?
–Siempre disfruto de los procesos que llevan a la creación de un libro, pero en este caso me propuse redoblar la apuesta en el goce, revisar mi archivo de figurines, que es muy extenso, y elegir en base a los dibujos en sí mismos y no por la relevancia de las puestas en escena, el reconocimiento de los directores o los teatros donde trabajé. El libro es muy contundente y está plagado de imágenes, aunque también hay mucho material que quedó afuera. Otro gran logro fue reunir a dos editoriales como Ampersand y Eudeba para concretar este proyecto tan ambicioso.
–¿Cuándo empezaste a cranear la idea? ¿Fue un proceso intimista?
–Martín Gorricho, el diseñador del libro, dice que empecé a compartirle ideas durante la pandemia, aunque el ritmo se aceleró hace unos tres años y por eso está dedicado a Héctor Cálos, mi gran amigo que falleció en 2023 y que me acompañó desde la escucha, por lo que volcar mi confianza ahí fue muy valioso. El libro también está dedicado a mis asistentes porque con ellas compartimos una vida de trabajo. Son las personas que me ayudan a concretar los proyectos que empiezan con los figurines, con quienes me descostillo de risa aunque en el momento de vorágine la estemos pasando mal. El proceso fue muy personal y luego se volcó a un ida y vuelta con mi editor Diego Erlan. Es el resultado de bucear entre tantos dibujos sin la necesidad de hacer un riguroso repaso por mi carrera. También hay dos textos de mis amigos Carlos Araiz y María Moreno. Este último de alguna manera habla del goce.
–En 2011, María escribió: “Dije que no iba a escribir más sobre Renata. Que ya era demasiado. Desde los años ’70 escribo sobre Renata o sobre mis conversaciones con Renata o acompaño con un texto al lado de lo que Renata ha producido. En mi cabeza está la cabeza de Renata (que es magnífica)”. El intercambio entre ustedes, sin embargo, parece no haber llegado a su fin.
–María escribió mucho acerca de mi trabajo. También hicimos colaboraciones para la revista Siete Días, un periplo fabuloso donde yo hacía la producción de fotos con Eduardo Martí y ella escribía. El otro día me llamó para preguntarme si le habíamos hecho una a Moria y nos reíamos porque fue de las primeras, donde estaba sentada sobre una alfombra con un turbante y un narguile. Esos años fueron una época delirante, donde hicimos de todo. Leonor Benedetto posó con un chanchito que enloqueció en el set y que me había prestado Jorge Cutini, algo que hoy sería impensado. Una vez le hicimos una nota a él y uno de sus chimpancés le arrancó la cinta del grabador a María y se perdió todo el material.
–¿Sentís que las cosas cambiaron mucho y que para las nuevas generaciones ese tipo de experiencias parecen lejanas frente al peso del qué dirán? Algo que tu generación padecía menos.
–Hoy hay una exageración de contenido e información, lo que hace que la cabeza quede con poco espacio para el silencio y la creatividad, y eso me preocupa. Con respecto al qué dirán, creo que siempre trabajé sin pensar en el otro; solo me importa hacer lo que me gusta y por eso tampoco me apasiona diseccionar mis obras intelectualmente. Prefiero mantener el misterio. Otra cosa que siento que se perdió es el valor del tiempo. Cuando era chica me encantaba ir a El Agujerito (una famosa disquería ubicada en la Galería del Este) y quedarme seis horas. ¿Me querés decir qué hacía tanto tiempo metida ahí? Escuchaba música, hablaba con amigos y veíamos a Borges pasar. Después de eso nos íbamos a un bar o me iba sola a escuchar a Piazzolla. No sé donde existe hoy ese tiempo apartado del mundo.
–¿Dónde encontrás un espacio para la creatividad?
–En mi casa, siempre y cuando esté sola. Hace mucho que no tenía tiempo para frenar, pero por suerte empecé a diseñar el vestuario para la ópera, lo que implica sentarme a dibujar con un lápiz y un papel, algo que me llena de una alegría difícil de explicar. Hace poco una amiga me llamó para decirme que va a llegar un momento en el que la inteligencia artificial haga todo por nosotros y yo le contesté que mientras tanto voy a ocuparme de dejar mi aporte analógico y real.
–Empezaste una tarea monumental. Poner en orden tu extenso archivo, algo que muchos artistas no hacen en vida, ignorando la importancia de estos procesos, que también son analógicos y muy minuciosos.
–Eso fue idea de Mora Caraballo, que me impulsó a presentarme a Mecenazgo para contar con los fondos para poder empezar. Gracias a ella me acompaña un grupo de gente joven que le pone mucha dedicación al proceso de clasificar, registrar y conservar cada pieza, al mismo tiempo que digitaliza muchos materiales que tenía en dispositivos que están en desuso, aunque aún los conservo. En una segunda instancia, me gustaría hacer un documental y dos libros, porque con uno no va a alcanzar, y una muestra, aunque vamos a necesitar un espacio muy grande.
–Y no parás ahí, porque dentro de poco saldrá una segunda publicación vinculada a tu larga relación con el Teatro Colón, que tantas veces llamaste tu segunda casa.
–El libro se llama Colón Oro y fue un camino diferente al de Figurines porque involucra otras opiniones, necesidades y miradas. A grandes rasgos, unifica las instancias que permiten que una obra de teatro exista. Hay muchas imágenes, algunas producidas especialmente y otras históricas e inéditas, como las que Frans Van Riel le tomó a Anna Pavlova en una de sus visitas a Buenos Aires y que su nieta Gabriela me cedió de forma generosa. Cuando las vi por primera vez, no pude dormir de la excitación. También incluí imágenes de María Callas y de Vaslav Nijinsky sobre las que hice pequeñas intervenciones con el inmenso respeto que le tengo a ese legado. Este material es un reflejo del mundo de la danza, que también es el mío. Sucesos que amé toda la vida y sobre los que puedo seguir trabajando.
