Un repaso por los espacios de divertimento nocturno de Santa Fe en la década del 2000, cuando la Recoleta concentraba bares, pubs y discotecas con miles de jóvenes cada fin de semana.
Promediando la década del 2000, la noche santafesina ofrecía una amplia oferta de divertimento y miles de jóvenes elegían la zona de la Recoleta todos los fines de semana. En un radio de 10 cuadras, la mayoría de los pubs abrían sus puertas con propuestas similares. La oferta incluía promociones en bebidas y música de moda. Los promotores o tarjeteros cumplían un rol central en la convocatoria.
En aquellos años, la conexión a Internet era un servicio principalmente hogareño y los teléfonos celulares eran utilizados por empresarios. Los mensajeros de chat como MSN Messenger eran utilizados por quienes organizaban las salidas. También se recurría al teléfono fijo: “Hola, ¿está su hijo?”, era una frase habitual.
La previa
La noche comenzaba con la previa, un ritual que fue modificado por las reglas de la emergencia aprobada en 2009. Estos encuentros podían durar horas y el lugar no siempre era el mismo. Cambiar de bares en el medio de la noche era costumbre. En cada local se reunían grupos de alumnos de una escuela, integrantes de un equipo deportivo o la barra de un barrio. Los límites implícitos se conocían y las hojas de ruta de los adolescentes estaban marcadas.
Sin límites en los horarios, las estadías en los pubs podían durar hasta tres o cuatro horas. A diferencia de los boliches, estos reductos permitían consumir bebidas a menor costo y compartir charlas entre conocidos y no tanto.
Nombres como Insomnio, El Marquez, Martiniano, Triferto Jr, Open 24, Kusturica, El Rayo, El Shuk, El Sheik, Iguana y La Llave resuenan entre las anécdotas de quienes los conocieron.
Entrar a uno, salir a otro. Todos los fines de semana se repetía la historia. Hasta que los relojes marcaban las 3 o 4 de la madrugada, momento de partir hacia alguno de los boliches.
Boliches
Los boliches santafesinos en la Recoleta marcaron una época. Grandes salones y galpones en el macrocentro de la ciudad recibieron a miles de jóvenes todos los fines de semana, en cumpleaños, celebraciones particulares como el Día del Amigo o el Día de la Primavera.
Entre los nombres recordados aparecen La Base, Las Ruinas, Kwam, Island Vip, Passage, Sub Bahiano, El Carey, Gitano y B Vip. Otros más pequeños como La Nada, Brada o Sivra también dejaron su huella entre quienes hoy rondan los 40 años. Lo propio hicieron los de la temporada de verano como La Divina, Minna, Río y Yandraq.
Cada uno con su impronta, con su estilo y música. La moda marcaba que tal o cual boliche era el más concurrido, el que movía más gente y el que marcaba el ritmo de una noche que se apagaba con la luz del sol.
El final de la noche
Cuando los primeros rayos del sol asomaban, y los rostros comenzaban a reflejarse dentro de la pista de baile y los patios contiguos, era tiempo de partir. Algunos elegían seguir, buscar un último resto en algún pub que todavía ofreciese algo para comer y beber.
Los memoriosos pueden recordar el barcito ubicado en la esquina de bulevar Pellegrini y Rivadavia, donde se podía estirar la salida hasta las 6 o 7 de la mañana. Papel similar jugaban los carribares, que ofrecían un menú de hamburguesas y lomitos. La costumbre se trasladó a los viajes a Bariloche y las empresas de turismo “inventaron” una quinta comida para los jóvenes.
Los que volvían debían acarrear el cansancio y el consumo de bebidas alcohólicas. Caminar podía ser una opción pero los taxis, remises y los colectivos imponían condiciones al salir el sol.
