La candidata argentina a astronauta de la NASA, Noel de Castro, cuestionó la inversión en el Proyecto Tronador. El proyecto, impulsado por la CONAE y VENG, tiene como objetivo que el país pueda lanzar satélites con tecnología propia. El debate sobre el financiamiento del sector científico-tecnológico incluye comparaciones con el desarrollo de SpaceX y el rol del Estado en la industria aeroespacial.
Las declaraciones de Noel de Castro, candidata argentina a astronauta en la NASA, cuestionaron la inversión argentina en el Proyecto Tronador. Sus comentarios pusieron en discusión el financiamiento del sistema científico-tecnológico.
El Proyecto Tronador es un desarrollo industrial impulsado por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) y VENG. Su principal objetivo es que el país pueda lanzar satélites con tecnología conveniente propia. El cohete está diseñado para colocar en órbita satélites de hasta 500 kg.
La crítica señala el costo acumulado y la demora frente a la agilidad comercial de empresas privadas extranjeras como SpaceX. En respuesta, se sostiene que SpaceX se benefició de la infraestructura desarrollada durante décadas por la NASA y el Departamento de Defensa de Estados Unidos.
El Proyecto Vanguard, desarrollado por la Marina de Estados Unidos, puso en órbita el satélite Vanguard 1 de 1,4 kilos el 17 de marzo de 1958. Tuvo un costo aproximado de US$ 100 millones en 1958, equivalentes a US$ 1100 millones actuales.
Tom Mueller, ingeniero contratado por Elon Musk, ideó el motor Merlin, núcleo del cohete Falcon. Para ello utilizó patentes, centros de prueba, metrología de precisión y cultura industrial del complejo militar-industrial estadounidense.
Los primeros contratos de la NASA fueron el salvavidas financiero de SpaceX tras los fallidos lanzamientos del Falcon 1. En 2006, la NASA seleccionó a SpaceX para su programa de transporte orbital comercial mediante un acuerdo de US$ 278 millones. En 2008 le adjudicó un contrato de US$ 1.600 millones para doce misiones de abastecimiento de la Estación Espacial Internacional. El Falcon 1 alcanzó la órbita ese mismo año, después de tres intentos fallidos. Esto suma US$ 1878 millones en contratos antes de que el Falcon 1 estuviera en órbita.
SpaceX no construyó laboratorios con tecnologías de precisión ni el banco de prueba para motores. Arrendó a bajo costo las instalaciones de prueba en McGregor, Texas, históricamente conocidas como Air Plant 66 / Rocketdyne / Beal Aerospace.
Argentina compite en un carril distinto. El ecosistema científico-técnico nacional carecía de experiencia en el desarrollo integral de motores cohete de combustible líquido, criogenia avanzada, turbobombas de alta performance y materiales compuestos para el ámbito aeroespacial. No existía una red masiva de proveedores privados con certificaciones aeroespaciales ni campos de prueba equipados con tecnología de punta.
Construir un banco de ensayos para motores de combustible líquido exige sistemas de contención, instrumentación de alta frecuencia, tanques nodriza criogénicos y seguridad industrial. Se requirió ingeniería de detalle local o adaptación de talleres metalmecánicos nacionales. Esto encarece el costo de prueba-error frente a un ecosistema ya especializado.
Construir el Tronador significa fundar una industria desde los cimientos. Cada dólar invertido a través de VENG y el Centro Espacial Punta Indio se destina a forjar soberanía industrial y desarrollar tecnología conveniente al país. Se invierte en formar técnicos e ingenieros especializados locales, en desarrollar talleres de precisión y en dominar tecnologías críticas que ningún país transfiere y que están blindadas por normativas internacionales de no proliferación.
Medir el éxito del Tronador bajo la lógica del lucro rápido de Silicon Valley es un error conceptual. Los proyectos espaciales de Argentina no buscan maximizar el retorno accionario a corto plazo, sino garantizar capacidades estratégicas irreversibles.
Un país que no diseña sus propios vectores queda atado a la geopolítica ajena para poner en órbita sus satélites de observación de la tierra, telecomunicaciones o defensa. Esto implica resignar soberanía sobre sus recursos naturales, su seguridad y su economía agroindustrial.
La mayor inversión que demanda el Tronador frente a los inicios de SpaceX se justifica por el vacío estructural que Argentina debió sortear. Mientras Estados Unidos privatizó las ganancias de un ecosistema que el Estado había regado durante medio siglo con fondos públicos, Argentina está construyendo ese ecosistema aeroespacial con recursos escasos y saltos presupuestarios. Lo sostiene gracias a la voluntad y conciencia de soberanía de sus técnicos e ingenieros.
Definir al Tronador como un gasto excesivo es ignorar que la independencia tecnológica no es un lujo decorativo, sino un reaseguro estratégico de defensa, de seguridad y de soberanía espacial. La historia demuestra que las naciones que tercerizan su acceso al espacio terminan hipotecando su futuro. Apostar por el desarrollo soberano de vectores es el costo ineludible de no ser una nación dependiente.
