Érica González, tatuadora de Rosario, realiza reconstrucciones de pezón y areola sin costo para pacientes mastectomizadas y para personas en proceso de reasignación de género. La práctica, que lleva ocho años, busca restaurar la identidad de quienes atravesaron una cirugía.
Érica González realiza tatuajes convencionales en su estudio Chun Li Tattoo, ubicado en el Pasaje Pan de Rosario, desde hace dos décadas. Hace ocho años, un colega la derivó a una mujer que había atravesado una mastectomía por cáncer de mama y necesitaba reconstruir con tinta el pezón y la areola que la cirugía le había extirpado. Desde entonces, González realiza esta práctica de manera gratuita, incluyendo también a personas que se someten a la misma intervención por reasignación de género.
En el marco del Octubre Rosa, la artista visitó el programa de streaming Al Gran Pueblo Argentino, del diario El Ciudadano, para hablar sobre su trabajo. Según relató, un colega tatuador la contactó porque no sabía cómo resolver la solicitud de una paciente: «Vino una chica que quiere reconstruirse el pezón y yo te la derivo a vos porque sos mujer», le dijo. González ya conocía la idea porque una amiga brasileña se la había comentado años antes, lo que le permitió animarse a encarar un procedimiento que, admitió, es técnicamente complejo.
Antes de especializarse en pezones, González ya tenía experiencia trabajando sobre cicatrices. Explicó que cada caso es distinto: hay mamas con queloide, con injerto, con implante o sin él, con una sola intervenida o las dos. Esa variedad la llevó a desarrollar un abordaje caso por caso, atento a mediciones, simetría, color y pigmentación de cada paciente.
La decisión de no cobrar tiene una explicación que la tatuadora resume en términos simples: para ella, el desafío técnico es menor comparado con el peso emocional que atraviesa cada paciente. «Técnicamente no me significa mucho, lo sé hacer, lo puedo resolver, y para el otro es un montón», explicó, y lo definió como una forma de devolver algo a partir de lo que sabe hacer.
El trabajo no se limita a aplicar color: también implica escuchar. González contó que muchas mujeres llegan sin saber si quieren una reconstrucción realista o algo completamente distinto, como un diseño floral que resignifique la cicatriz en lugar de disimularla. «Esto es un triunfo», le dijo una paciente que terminó eligiendo un tatuaje grande y visible en la mama intervenida, lejos de cualquier intento de pasar inadvertido.
Consultada sobre si el tatuaje de reconstrucción es solamente una cuestión estética, González afirmó que no lo es. Se trata, dijo, de una intervención sobre una parte del cuerpo asociada a lo íntimo, lo femenino y lo identitario, y por eso requiere una sensibilidad distinta a la de cualquier otro trabajo de tatuaje. El momento en que la paciente se mira al espejo por primera vez después de terminada la sesión es, según describió, el más fuerte de todo el proceso: hay quienes lloran, quienes abrazan, y ella acompaña desde un lugar de respeto, sin apurar la emoción.
Esa mirada también la lleva a marcar un límite frente a un pedido que recibe cada vez con más frecuencia: pigmentar estrías u otras cicatrices para disimularlas. González explicó que no lo considera una solución real, porque la piel cambia constantemente, sobre todo con la exposición solar, y el resultado prometido en redes sociales rara vez se sostiene en el tiempo. «No creo que sea bueno para la persona ni para mí», resumió.
La tatuadora, oriunda de Bahía Blanca, planteó que le gustaría que la práctica se extienda a otras tatuadoras y tatuadores, tanto en Rosario como en el resto del país. Aclaró que, más allá de la técnica que se puede aprender, lo central es la disposición a abordar una situación social y no solo un trabajo artístico o comercial. Según contó, hoy no tiene conocimiento de que la iniciativa se replique de manera sistemática en otras ciudades, aunque ya recibió consultas de mujeres de otras localidades cercanas a Rosario.
El proceso siempre está supervisado por el equipo médico de cada paciente: González remarcó que no tiene formación médica y que la decisión sobre el momento adecuado para tatuarse depende del cirujano o la cirujana a cargo. La sesión, dijo, no es tan invasiva como muchas personas imaginan, se puede completar en unos 20 a 40 minutos y existen cremas anestésicas para quienes tienen mayor sensibilidad. Asimismo, concluyó que el principal desafío no es el dolor, sino el significado que esa marca tendrá después en el cuerpo de cada mujer.
La entrevista completa con la tatuadora Érica González se puede ver en Al Gran Pueblo Argentino, el programa de streaming de El Ciudadano que aborda temas de salud, ciencia, deporte y ambiente. La emisión en vivo es todos los miércoles de 11 a 12 por el canal de YouTube de El Ciudadano, donde los programas quedan disponibles para volver a verlos. Además, en Instagram, a través de @algranpueblo.salud, se pueden conocer los próximos invitados y las temáticas que llegarán a la pantalla.
